El Jamón, en Lavapiés
Cada vez que vuelvo a Madrid descubro con pena que han desaparecido lugares que me entusiasmaban (bueno, también me ocurre estando sentadito en casa, a dos mil kilómetros). El listado sería largo. Es ley de vida, sí, pero si lo acelera el turbocapitalismo disfrazado de gentri- y turistificación da bastante más rabia. La apertura de sitios nuevos no equilibra el descalabro, porque suelen ser anónimos y efímeros. De todos modos, por si acaso mi falta de información de primera mano fuese también un factor, aceptaré encantado vuestras sugerencias. Que me costó un triunfo activar la caja de comentarios y está más virgen que si la hubiese pintado Murillo.
Por eso me agarro a lo que todavía funciona. Y no sé qué día de los que estuve por allá comí el menú del día en El Jamón de Lavapiés (nombre ficticio: no quiero que se vuelva de repente popular). Iba hace veinte años bastante y no ha cambiado demasiado: ni en decoración, ni en calidad ni en paisanaje. El dicho menú son ahora 12,90, y este fue el primer plato.

Luego pedí escalopines y un helado. Estaban viendo un partido de tenis entre Djokovic y Sinner, una semifinal de algún gran torneo. Ganó Djokovic, lo que fue una pena porque cuando más mola es cuando se enfada. Aunque seguramente en la final se lo hayan merendado y se haya emputado muchísimo. (Nota al margen, uno de esos días conocí a un chico, aunque venezolano, que se le daba un aire).
Se me sentó al lado el dueño (Jesús, nombre ficticio también) y me dio carrete. Así me enteré de que me sacaba veintiséis años, que había trabajado toda la vida, que hizo la mili no sé dónde, que había reunido un pequeño imperio hostelero e inmobiliario, tanto en el barrio como en Carabanchel y Legazpi, y que lo había ido vendiendo todo salvo ese local, el primero, y unos chalets en la sierra que tenía cerrados. Y que si no estaba activo se aburría, y que por eso iba todavía por el bar, aunque ahora lo llevaban dos chicos más jóvenes, quizá parientes suyos, que cumplían perfectamente con las expectativas del local: diligencia y casticismo. Lo mismo la clientela. Todos impermeables al paso del tiempo, cumpliendo roles ancenstrales asignados. Y me incluyo.
Entró a pedir una persona ligeramente borracha y, con firmeza, le pidieron que saliera. Cuando incomodó a dos chicas que estaban en la terraza, los camareros llamaron a la policía, que apatrulla regularmente por la puerta porque es una calle de las principales del barrio. Ssin salir del coche, la agente le mandó a su casa a gritos bajo amenaza de detención. Lo notable es que, cuando terminó la escena, no hubo ningún comentario facha de más ni quedó flotando el mal rollo en el ambiente.
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