El día anterior a ese entré en la RAE, sin elección, revuelo ni discurso. Solo por unos minutos, para recoger a una amiga que trabaja allí. Después de ponernos al día y despacharnos a gusto tomando un café (alrededores de la calle Valenzuela, que me trae recuerdos pochos), bajé por la fachada Oeste del Prado, que suele estar bastante tranquila desde que se organizó la entrada por donde Goya y los Jerónimos. Ahí, casi a pie de calle, hay una serie de figuras alegóricas dispuestas al albur, alternando con vasijas. Sobre cada una de ellas lucen sendos medallones con la efigie de un artista plástico egregio, que hoy no importan. Te pongo un par de ellas: Fama sin trompeta y Simetría asimétrica.

Alegoría de la Fama, en la fachada Oeste del Prado Alegoría de la Simetría, en la fachada Oeste del Prado

En un estudio de Carrasco Ferrer en el Boletín del Museo del Prado (1999) las explican un poco, una a una. Y se cita la poco entusiasta opinión de Enrique Pardo Canalís:

no hubo gran inspiración, ciertamente, en el modelado de esas matronas alegóricas, especie de musas sin ilusión y de sacerdotisas sin esperanza.

Pero a mí me resultan simpáticas! Yo diría que opositaron por necesidad, dispuestas a aceptar sin más la primera plaza que les ofrecieran, aunque no fuese de lo suyo: tú la Fortaleza, tú la Admiración. Quizá no son funciones apasionantes ni forman (que se perciba) un programa iconográfico coherente, pero peor es que te pongan a sujetar el piso de arriba con la cabeza, como les dites Cariatides del Cervantes, por muy de piedra que seas.

Constancia, en particular, casi republicana, merece mi atención. Y mis ofrendas.