Anchoas
Voy a hacer trampa por imperativo. Aparte de andar bastante ocupado, estuve unos días en Madrid, lo que no me dejó tiempo para llevar este artefacto al día. No te digo cuánto desfase llevo para no asustarte. Aunque, supongo, estaré igual de liado hasta más o menos 2030, intentaré minimizarlo. Ideas tengo: Madrid lo percibo cada vez más raro pero aún hace que broten los entusiasmos (y su reverso, que no sé cómo denominar: desencantos? desilusiones? decepciones? apatías? También son estados de ánimo poderosos y reseñables!).
Pero no. Lo que os traigo hoy es un pedacito de cielo. O, mejor dicho, de mar. Porque en Alemania las anchoas son caras, o no las encuentras fácilmente. Así que el sábado por la mañana, manque un poco perjudicado, me fui al Mercadona de Quevedo a comprar anchoas de las normalitas, aprovechando un mínimo rayo de sol.

La textura de la zona de Quevedo la conozco bien porque estuve trabajando por ahí bastante tiempo. Coexisten los consumidores de Filmin, vinilos y novela gráfica con la gente de bien de toda la vida que va a merendar a La mallorquina. Verás North Face, Quechua, austríacas y señoras con cardado. Democracia y memoria. Están los Arapiles, por cuyo asfalto y hasta hace poco asomaban las vías del tranvía. Está el Instituto Homeopático Nosequé que Esperanza Aguirre convirtió en un chiringuito educativo: en Ctxt te lo cuentan mejor. En la calle de Feijoo hay unos talleres mecánicos que, a poco que te descuides, te cantan el Madrileña bonita, aunque no lo seas. Y no lejos hay una plaza y una calle tan secretas, intensas y misteriosas que no me atrevo siquiera a mencionarlas por escrito: lo siento.
En sí mismo, el Mercadona antes fue un Carrefour Express (antes, no lo sé: apuesto que un cine pero no tengo pruebas). Además de las anchoas, compré el jabón potásico que aconseja el tipo de las plantas, y que en Mercadona también sale muy barato. Me atendió un cajero menudito sonriente, con barba rubia y tatuajes. Qué más se puede pedir!
Pero dediquemos un momento al envase. La manía de Mercadona y otros minoristas de la alimentación de aprovechar el mismo diseño para varios idiomas hace que aparezca ahí en medio una V inverosímil que, más que un guiño a su clientela portuguesa, parece un insulto, un marcador de subordinación. No sé siquiera si se procesará correctamente, como suele pasar con las letras que se sustituyen por formas.
Con las anchoas solía hacer esta receta del Ondakín, antigua encarnación de El comidista y ahora en los báratros del internet. No tiene más que puerro y anchoa y queda de pelotas. Si dice algo de alcaparras o pepinillo (no la tengo abierta ahora mismo), ni caso o bajo tu responsabilidad.

Así que, si me venís a visitar, olvidaos de traer jamones ni cosas ostentosas. A mí me basta con la humilde anchoa. Pero cuidado no se os reviente en la maleta, que se puede liar parda.
Qué raro que la anchoa no esté en el calendario republicano francés! Yo la haría festivo.
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