Paul Roorda
Muchos de los que aterrizaron en Berlín cuando llegué yo eran artistas, así que casi todos los fines de semana teníamos que si el vernisage de la exposición de Pepita, el finisage de la de Juanito y cosas por el estilo. Ahora no sé cómo estará el patio, aparte de que casi ninguno de los de entonces sigue por aquí (o en activo/a). El caso es que dos de ellos trabajaban en una residencia de artistas sita en una villa en Kreuzberg, cerca del canal. No sé bien la historia, pero (guglea) estaba y está gestionada por La Memoria de Chema Alvargonzález, un artista español que estuvo afincado en Berlín. Y cada equis, los artistas residentes abrían sus talleres y se ponían a disposición del público para mostrar y contextualizar sus obras. Así tuve la suerte de conocer al canadiense Paul Roorda y ver lo que estaba haciendo por entonces.

Lo que estaba haciendo por entonces eran bodegones con cosas encontradas, escogidas y manipuladas. Me lo puedo imaginar, sus sentidos siempre alerta y su cabeza analítica pero imparable, intentando disimular su entusiasmo en cualquier mercadillo. ¿No nos pasa acaso a todos, aunque no seamos artistas? ¿Ah, que a vosotros no os pasa? Me estáis vacilando, me resulta increíble.

(Alguien ha dicho Boltanski? Puf, esa historia también habría que contarla…)
Paul Roorda tenía incluso una calavera humana, y una historia al respecto. Me parece haberla visto en otra de las series publicadas en su página web (o quizá tenga más de una, lo que complicaría las cosas! Podrá venderse, o simplemente exponerse, una pieza de arte que contiene una calavera humana?). Han pasado 12 años: ahora, por lo que he visto, tiene mucha obra gráfica y un alter ego que interactúa con los chats generativos, la cual vertiente sí, es socialmente relevante (y él la ejecuta con conocimiento y profundidad), pero en lo personal es lo que menos me interesa. A mí denme basura y daguerrotipos!

Sabes, y si no te lo cuento, pero muy de pasada, que por aquel entonces yo también me contagié del virus de la pretensión artística. Mi punto de partida era, por supuesto, la palabra. De ahí se pasaba a un discurso estructurado métrica y estróficamente; porque (y no me hartaré de decirlo) la observancia de la tradición te regala i) un kit de expectativas y ii) la posibilidad de transgredirlo. Una vez explorada la dimensión temporal, vendría el salto a su materialización, o llamémoslo así su puesta en escena, que es lo que me daba más miedo por la falta de técnica y de experiencia. El mensaje me daba bastante más igual porque ya había muchas personas ocupándose de los mensajes intensa o exclusivamente: mi misión era la forma, tan vejada de la mano de Dios. Y, por supuesto otra vez, se trataría de una práctica artística lo más alejada posible del sobreanálisis y la exégesis dirigida: todo mero juego y entusiasmo. Un poco como lo que hago o pretendo hacer aquí! Pero sobre mi obra imaginaria ya habrá tiempo de volver.

Y es que en el museo centro de arte de dentro de mi cabeza, Paul Roorda comparte sala con Jack Balas, Kurt von Bley, el dadá de Raoul Hausmann (que no se te pase la expo!), la objetividad de mentirijillas de Gustav Wunderwald (ves? lo ves?), Jean Tinguély y la chica de la exposición lineal en la sala de Unter den Linden, que no recuerdo su nombre, ni de la chica ni de la sala. Y, siempre, Joan Brossa.
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