Cuando les contaba a mis conocidos efímeros en CDMX que quería ir a Tlaxcala, les resultaba muy chocante, porque no es lo que se espera que visite un turista. Tlaxcala Es uno de los estados más pequeñitos de la República (como un cachito que le robaran a Puebla: hay varios casos así en el mapa), y los indicadores socioeconómicos muestran que el 70 % de la población cuenta con al menos una carencia social. Además, en los mitos fundacionales se tiene a los tlaxcaltecas por traidores, ya que apoyaron a Cortés en la toma de Tenochtitlán. Quedaos con este dato para luego.

En justicia, Tlaxcala no tiene mucho, y menos comparada con la CDMX, que nunca te la acabas. Se llega en pocas horas y se recorre en una tarde. Pero precisamente por eso, y porque no tienen necesidad de disimular lo que no es, puedes salirte del carril y experimentar otras realidades, aún más potentes cuando interaccionan con la expectactiva.

Me explico, y me dejo de mareos. Inexcusablemente, Tlaxcala tiene sus letras. Ya sabes, esos rótulos estorbosos pensados pata la foto y que estandarizan la experiencia turística. La diferencia es que las letras de Tlaxcala parecen de madera tallada! Y cuentan historias.

Digo parecen, porque la tarde que pasé por allí no estaban. La plaza (de armas, prima de Ana) no es gigantesca, y dí más vueltas que un trompo buscándolas, hasta que me decidí a preguntar a algunos lugareños. Un poco como cuando el narrador de Señas de identidad de Goytisolo busca la biblioteca. Al cabo, creo que preguntando a algún policía, me enteré de que las habían quitado porque había convocada una manifestación de normalistas y querían evitar su posible vandalización. Otra posibilidad hubiera sido secuestrarlos y/o acribillarlos a balazos, pero esa es otra historia. O dos.

Por las mismas razones no me dejaron entrar en el palacio de Gobierno a la primera. Y es que en el palacio de Gobierno están las pinturas murales de Desiderio Hernández Xochitiotzin, un monumental programa pictográfico del muralismo mexicano de la segunda ola. Posible, secreta, calladamente, querer ver estos murales fue lo que motivó mi experiencia trasatlántica: todo lo demás, y fue mucho, se engarzó orgánicamante a ese hilo como cuando crecen los cristales.

Es muy interesante cómo un autor local (y, como me atrevo a calificarlo, postrevolucionario) dialoga tanto con el pasado como con las grandes figuras del muralismo institucional. Otro diálogo se establece al enfrentar la imagen con el texto bilingüe que la comenta. Esto, además de su punto de vista, vuelve esta obra un verdadero códice. Al pintor le llevó cuarenta años culminarlo (le ocupó entre 1957 y 2000), y alguna parte se quedó proyectada sin hacer. Pero lo que hay es pasmoso. Y muy difícil de fotografiar bien. Te pongo alguna de las fotos que tomé yo, pero en este enlace hay muchas más, mejores y de toda su obra.

Y cómo aterricé en estos murales de Tlaxcala? Documentándome sobre la Malinche para terminar el grado. Aunque el seminario trataba de la Revolución Mexicana, yo barrí para casa, intentando hablar de política lingüística (Habsburgo vs. Borbones) y relatos fundacionales y traducción como mediación política y vuelta a las minorías lingüísticas y qué se yo qué más. Tanto la presentación en clase como el correspondiente trabajo parcial fueron soberanos batiburrillos. Te lo resumo así no más. La Marina/Malintzin que ves en las imágenes, y que es central en todo el programa (a pesar de no ser tlaxcalteca!) tiene mucho de surda Talía: una figura ubicua y psicopomposa que, siendo la única que establece contacto visual con el espectador, lo introduce en el relato y lo guía a través del proceso de conocimiento. Es un (mero?) vehículo para establecer la intersubjetividad? El caso es que en su neutralidad, por ser contemplativa, casi aséptica, quizás sea esta la visión más honesta y justa con el personaje de cuantas han habido (o, al menos, yo conozco). Porque la Malinche ha sido secular y mecánicamente instrumentalizada, codificada y recodificada, de acuerdo a las intenciones o a la sensibilidad del momento: a veces figura mística (madre ubérrima y doliente del mestizaje, como la de Orozco) y a veces asquerosamente pragmática, como la histérica que grita desde la terraza del palacio en la crónica que ahora no recuerdo. Que Malinche tiene mucho de Medea, sin saberlo seguramente quien así la transmitió. Su carácter mariano es mucho más evidente.

Aunque la Malinche que prefiero imaginar es una que no es una herramienta al servicio de lecturas masculinas, ya sean políticas, antropológicas o chiripitifláuticas; sino una mujer con agencia, obligada a sobrevivir, que aprende de su experiencia y defiende sus intereses y que ojalá acabase viviendo feliz y plenamente después de tanta peripecia, ajena a su propio mito.